En sus palabras
Qué pasa cuando dejamos que nos escriba otro.
Fui periodista durante un mes. No lo hice a propósito. Entré como redactor a una revista, y cuando me quise acordar estaba chequeando datos y pidiendo información a fuentes. Los temas de los que escribía eran tangenciales a los de mi interés, y aunque rápidamente dejó de motivarme, lo podía hacer. Lo hice hasta que, al final de ese mes, me convocaron para algo más afín.
Parte de ese trabajo consistía en ir a eventos empresariales donde se presentaban productos y se ofrecían refrigerios. Lo de los refrigerios no era accesorio ni una cortesía menor: era claramente el interés principal de los que asistían. Recibíamos distintos boletines (los llamaban newsletters) que cubrían esos eventos. Uno de ellos incluía comentarios y calificaciones sobre la comida que se podía encontrar en cada uno.
No necesité pensar mucho para ver el posible conflicto de interés. Un periodista no tiene que quedarse con lo que le dicen: tiene que incorporar análisis, contexto, ver los puntos débiles, explorar lo que la gente que tiene interés en vender algo no dice. Pero, si hace eso, se arriesga a no ser invitado a otros eventos. Esto tiene dos desventajas: por un lado, asistir a esos ágapes es parte del trabajo que hacen y no poder hacerlo es un problema. Por otro lado, se pierden los refrigerios.
Otro estímulo para no ir más allá es el hecho de que para incluir todo lo que les podría traer problemas hay que trabajar. Es mucho más fácil reportar lo escuchado y pasar a otra cosa, sobre todo si a uno no le interesa particularmente el rubro del que se ocupa.
Lo he visto en acción. Mientras colaboraba en otra revista, oí una charla de algunos redactores, sorprendidos porque en un diario habían publicado una gacetilla que habían enviado, y había salido textual. Lamentaron no haber incluido un “nosotros lo recomendamos”.
Desde entonces, me pasó varias veces. Cuando ocasionalmente escribo gacetillas, me ocupo de que sean publicables, primero porque sé que existe la posibilidad de que copien y peguen, y segundo porque es más probable que si les dejo la nota lista para publicar tengan más ganas de hacerlo. Puedo decir, así, que escribí notas enteras en varios diarios importantes.
En mi caso es bastante inocuo. Si lo que digo es “publiqué tal libro” o “doy una charla y va a estar tal persona”, si lo publican me hacen el favor de difundirlo, no requiere gran investigación. Nada impide que hablen con alguien, o que profundicen en el asunto, pero no hay ningún estímulo para que lo hagan. Es tiempo que podrían usar para cualquier otra cosa, y la nota sale igual.
Eso explica por qué, en mi breve paso por el periodismo, cuando pedí datos extra a una gente que nos había enviado una gacetilla, en la respuesta del mail vi un frenesí, reenviaron mi pregunta a distintas personas, y en la cadena de mails que me llegó como respuesta se incluía la frase “por favor contestémosle a este periodista que nos está preguntando”. Años después me cayó la ficha de que no debía pasarles seguido.
Me consta, entonces, que estas cosas pasaban hace treinta años, y no tenían por qué no pasar antes, cuando el proceso de chequear era más difícil que ahora. Me parece, no obstante, que en estos últimos treinta años esta costumbre se ha incrementado, justamente porque hay herramientas que la hacen más fácil.
Si visitamos la web (o el feed) de cualquier medio periodístico, nos damos cuenta por los títulos de las notas de que están desesperados por los clics. Ahí es donde se pone el trabajo, porque es lo que rinde. Entonces los títulos son adivinanzas, o tratan temas que llaman la atención, o provocan curiosidad, por más que no sean verdaderos ni relevantes.
Entonces aparecen notas sobre la implementación de un feriado, y si uno hace clic se encuentra, tres o cuatro párrafos abajo, que aplica sólo para la administración pública tucumana. O acertijos del orden de “Jugó en Boca, hizo un recordado gol y hoy tiene un puesto de panchos”. O directamente nadas como una publicada hace unos días: “Fue a una cena con un vestido nuevo y al día siguiente se dio cuenta de que se le veía toda la ropa interior”.
Cuando el periodista sabe que lo más importante es el título, también sabe que el texto de la nota importa menos, tal vez poco, tal vez nada. Algunos son responsables y lo escriben con la idea de informar, incluso tal vez chequean, investigan y todo. No creo que no exista el periodismo. Pero siempre está la tentación de zafar.
Hace unos meses se lanzó una licitación de rutas. Quería saber bien qué tramos abarcaba y qué iban a hacer en cada uno. ¿Está previsto hacer otra mano? ¿Sólo van a hacer mantenimiento? ¿Piensan hacer algo más en otra etapa? Todavía no me enteré, porque todas las notas que encontré no hacían otra cosa que repetir la gacetilla del gobierno, que no se había molestado en incluir detalles. Entonces todos informaban que determinado tramo iba a incluir tal cantidad de kilómetros en tales rutas. Nadie mencionaba desde dónde hasta dónde en cada una. Y, por supuesto, nadie se molestó en incluir la forma más fácil de transmitir la información: un mapa.
Estas cosas pasan todo el tiempo, mi ejemplo es sólo de algo que me importaba y me molesté en indagar un poco. Cuando hay una gacetilla, la forma de que la nota salga rápido es publicarla tal cual, tal vez cambiando algo en el encabezado para que no parezca exactamente lo mismo. Lo importante es el título.
Tampoco es nuevo que no haya expectativas de que el texto de la nota sea leído. Hay una razón por la que existen los copetes y las volantas. Hay una razón por la que los cursos de redacción periodística siempre aconsejaron poner lo más importante en los primeros párrafos.
Estoy seguro de que, hace cincuenta años, cualquiera que leía un diario leía esas partes en letra grande en general, y si leía notas completas eran las dos o tres que le interesaban. Claro que cuando un medio tiene mucho público diverso, todas las notas van a ser leídas por alguien. Entonces había un incentivo para escribir algo aceptable.
Cuando el incentivo no está en el texto, es lógico que quienes tienen la responsabilidad de escribirlos reciban con beneplácito herramientas que escriben los textos por ellos. En vez de molestarse y dedicar tiempo a pensar una redacción, apelan a la máquina de reescribir gacetillas, con tanta frecuencia que a veces se olvidan de eliminar el prompt.
Esas máquinas no pueden agregar nada valioso. No pueden interpretar, leer entre líneas, agregar contexto. Eso es el trabajo del periodista, y si no lo quiere hacer nadie lo hará. El resultado es que, a menos que la máquina meta cualquier cosa en el texto porque sí, las notas no harán más que repetir lo que escribió otro. Si no le agregás nada tuyo, está bien que te reemplace una máquina.
Por ejemplo, la dictadura cubana logró durante décadas que los medios de otros países replicaran lo que querían que se supiera. Desde que tengo memoria veo notas sobre alguna cosa que pasa en Cuba, alguna medida de gobierno, algún logro médico, lo que sea. Eso sólo puede provenir de los organismos de información de la dictadura, difícil o imposible de chequear en forma independiente, y medios de todos los colores replican contentos lo que les llega. No se informa con la misma frecuencia sobre lo que pasa en Guatemala o República Dominicana. Siempre es Cuba, y es porque esa dictadura sabe hacer marketing periodístico[1].
Hay otro nivel, más sutil, en el que este principio funciona aun con periodistas que se molestan en escribir sus notas, chequear y contextualizar: la repetición de terminología. Uno de los trucos de cómo comunicar algo es poner nombres a las cosas y lograr que esos nombres se impongan.
Por ejemplo, en las elecciones legislativas de 2009, el gobierno de entonces vio que se encaminaba a una derrota, y quisieron suavizarla todo lo posible. Una de las decisiones fue ir con los dirigentes que mejor imagen tuvieran, para maximizar los votos que pudieran sacar. Pero muchos de esos dirigentes ocupaban cargos de más poder que los que estaban en juego en la elección. No importa, no tenían que asumir, sólo tenían que ser candidatos. Así, el gobernador de la provincia de Buenos Aires y el jefe de gabinete nacional fueron candidatos a ser uno de 257 diputados. Montones de intendentes fueron candidatos a concejales.
Eran candidaturas falsas, o truchas. Pero alguien del gobierno se avivó, y le puso un nombre inocuo antes de que se difundiera algún otro: las llamaron candidaturas “testimoniales”, palabra que no significa nada en sí misma. Esa palabra fue parloteada por todos los medios, sin importar si eran oficialistas u opositores, y hoy se sigue usando (incluso en las últimas elecciones, donde el gobierno actual apeló al mismo artilugio).
Habría sido sano que periodismo impusiera una palabra que reflejara lo que pasaba. No son incapaces de hacerlo. Cuando, años antes, otro gobierno del mismo partido hizo votar en la cámara de diputados a un tipo que no era, la palabra fue diputrucho y todos entendimos de qué se trataba.
Cuando renunciamos a usar nuestras propias palabras, o peor, cuando ni siquiera se nos ocurre que podemos usar nuestras propias palabras, terminamos amplificando el discurso de otros, a veces sin darnos cuenta. Hay una razón por la que Infobae no usa dólar blue, también acuñado por la misma agencia, sino dólar libre. Preferiría dólar a secas, porque estamos hablando del valor de mercado del dólar, que es el único que importa, pero se entiende.
Pasa lo mismo con el embargo comercial de Estados Unidos a Cuba, que durante décadas la dictadura de la isla llama bloqueo, y esa palabra falsa es repetida por montones de medios sin ningún cuestionamiento. Al adoptar terminologías ajenas corremos el riesgo de afiliarnos.
La gracia del periodismo es que saque a la luz lo que no se dice. Que mientras nosotros hacemos nuestros trabajos, ellos se encargan de informarnos sobre lo que pasa en el mundo. Para hacerlo bien tienen que entender lo que pasa, por qué, quiénes están involucrados, qué alternativas existen, etc. Y hay que saber leer lo que llega.
Por supuesto, todos tenemos nuestro corazoncito, y puede influir más o menos en lo que hagamos. Para eso hay un mercado, de modo que uno pueda elegir entre distintas versiones de acuerdo a lo que le parece. Hay también muchos medios que se dicen periodísticos y nunca tuvieron intención de serlo, cosa que el público tiene que sopesar. En todos lados hay gente que nos quiere vender cosas.
Lo que no es aceptable son los que se prestan para que otros vendan cosas a través de ellos. Muchos, estoy seguro, lo hacen a sabiendas. Pero también estoy seguro de que hay muchos que no se dan cuenta, ni se les cruza por la cabeza, y repiten cualquier cosa sin ningún problema, porque así les fue bien cuando estudiaron ciencias de la comunicación.
[1] Y también porque a muchos periodistas la dictadura cubana les toca el corazoncito, y entonces se entregan gustosos.



