Final feliz
Por qué prefiero lo lindo antes que lo feo.
Cuando empecé a escribir cuentos con regularidad aprendí el oficio. Haberme obligado a escribir diariamente me hizo estar alerta de las posibilidades creativas de cualquier cosa con la que me cruzara. Me despertó la imaginación. Aprendí que era posible, que estaba bueno anotar cualquier cosa que se me ocurriera, podía ser el germen de algo. También aprendí que si se me ocurría algo era bueno escribirlo todo en el momento, y si a la hora de escribir no había nada, siempre podía sacar algo del reservorio cada vez más grande.
También me fui haciendo un estilo, que no necesariamente busqué. Mi prosa se volvió más ágil, elegí evitar ciertas palabras o frases que no me gustaban, encontré temas que recurrían.
Cada texto necesitaba una estructura propia. No quería que fueran todos iguales, quería sorprenderme y también sorprender a hipotéticos lectores. Pero, sobre todo, aprendí a encontrar cada texto. No me servía tener fórmulas, por un lado porque no quería hacer todo igual, y por otro lado porque cada texto tenía que ser sí mismo.
Eso también tiene una trampa. Por ir a donde el texto le dice, un autor puede dejar que lo lleve a cualquier lado. Para algo hay un autor, que decide hacia dónde va a ir el texto, dónde dejarse llevar y dónde desviarse, todo para que el texto sea mejor.
Con el tiempo, entonces, desarrollé algunas reglas generales, que podían romperse si había buenas razones. Una de ellas era que el final fuera feliz, u optimista. Tenía ganas de que el texto dejara un buen sabor, no de que el lector se encontrara al final con que todo llevaba a una calamidad.
Apliqué este principio siempre que el texto se pudiera llevar con naturalidad a un final optimista. Hay historias que tienen que terminar en tragedia, o con fracasos. No me gusta mucho escribir textos así, pero a veces salen y por qué no.
Siempre escribí buscando el humor, aunque sin negarme a aceptar alguna otra cosa si la encontraba. Al hacer humor es muy fácil hacer que las cosas salgan mal y que eso sea lo gracioso. De ahí hay un pasito hasta la burla. Y de ahí hay otro pasito hacia el cinismo. Muy rápido decidí que no quería llegar a eso. Prefiero pecar de ingenuo.
Recuerdo un texto en particular, que se trataba de un calesitero que con el movimiento de su mano hacía imposible sacar la sortija. Era una observación que había hecho en mis tiempos de calesita, donde había sortijas más fáciles de sacar que otras, y había llegado a la conclusión de que, si bien no debe ser fácil, tiene que ser posible.
La idea del texto era que la calesita necesitaba gente y el calesitero decidía salir a volantear, pero su memoria muscular hacía que cada vez que alguien le fuera a recibir el volante lo esquivara. Entonces, lo lógico era que se fundiera.
Pero no tenía ganas de dejarlo así. No quería terminar el texto con el fracaso del negocio de la calesita. Es el texto donde más me costó encontrar una forma natural de resolver la trama en forma satisfactoria, de modo que se resolviera el problema sin recurrir a artificios.
Cuando encontré la forma quedé contento, justamente porque resolví el problema. Y entendí que los finales felices no son caprichosos. Son, muchas veces, la forma de que una narración llegue a una conclusión en la que el conflicto se supere.
Muchos aspirantes a intelectuales critican que el cine de Hollywood, por ejemplo, tiene muchos finales felices. Lo encuentran escapista, o poco emparentado con la realidad, o de conveniencia comercial. Todo eso puede ser cierto, sin embargo es también razonable que haya más finales felices que trágicos.
En una película de monstruos, por ejemplo, es un poco artificial que nunca se coman a los protagonistas, que siempre llegan a la última escena. Pero es lógico, porque si no, no serían los protagonistas. No hace falta caer en clichés para que si queremos contar una trama completa, necesitemos personajes que la lleven.
Hasta los documentales de naturaleza siguen esta premisa. Nos muestran al león que busca comerse a un antílope, y puede haber intentos fallidos, pero tarde o temprano logra comerse a alguno. Si no, no nos mostrarían eso, o no lo enfocarían en el león. Más tarde nos muestran la vida de los antílopes y cuando los persigue un león, se enfocan en alguno que logra escapar. Son historias que escriben los que ganan, porque los que pierden son comida.
Se va creando una estructura más o menos reconocible. Cuando Hitchcock en 1960 mató a la protagonista de Psycho en la mitad de la película, parte del shock era que rompía esa estructura: falta media película y ahora qué hacemos. Pero esos casos siempre van a ser excepcionales, por necesidad.
En un cuento de Fontanarrosa se habla de una película que “termina para la mierda, como terminan todas las películas serias”. Hay una tentación de incorporar tragedia en películas que quieren ser prestigiosas. A veces, como tienen que resolver la historia de todos modos, hacen que, por ejemplo, el protagonista se muera y no pueda ver el resultado satisfactorio de sus esfuerzos, pero que igual llegue a saber que valió la pena. Este truco, que se usa en la Biblia, no está mal, es una forma de patear el centro y cabecear.
Sin embargo, no es necesario. Está perfecto que haya personajes a los que se le plantea un conflicto y en el transcurso de toda una trama lo resuelvan satisfactoriamente. No hace que la trama sea menos interesante ni compleja. A veces el esfuerzo de llevar a una resolución satisfactoria para los personajes es lo que hace que la trama valga la pena.
Por todo eso estoy a favor de los finales felices. No deben ser forzados, debe encontrarse una forma natural de llegar a ellos. Y tal vez la vida tenga menos finales felices que la ficción. Qué importa. No hace falta que el arte nos informe cómo es la vida. Y mucho menos hace falta que el arte sea pesimista.


