Jabalíes mal alimentados
Apuntes no deportivos de los Juegos
Al final de los juegos olímpicos, quiero aprovechar para hacer un punteo de algunas cosas en las que vengo pensando con motivo de ellos. Más allá de que, como siempre, vimos destrezas deportivas extraordinarias, en torno a ellas surgen cuestiones que creo que vale la pena mencionar.
La invasión de los jaites
En la transmisión argentina, como es habitual, Bonadeo estaba acompañado por Martín Jaite. Jaite fue uno de los tenistas más destacados del país, llegó a ser top ten mundial, jugó unos cuantos años en el circuito y sabe lo que es ser deportista de élite. Ha tenido también participación olímpica. No es un ignorante.
Sin embargo, su papel durante todos los juegos era preguntarle a Bonadeo cosas obvias. “Gonza, ¿cuánto duran los tiempos del hockey?”. “Gonza, ¿cuántos se clasifican en esta semifinal de atletismo?”. “¿Ya empezaron los saltos ornamentales?”. Todo el tiempo hacía preguntas cuya respuesta sólo requería prepararse mínimamente. Bonadeo después de unos días parecía exasperado al responderle.
Mi sospecha es que el papel de Jaite es a propósito, para que Bonadeo parezca que sabe más en comparación. Exactamente lo mismo ocurrió en los juegos anteriores, y es posible que en otros también. Es muy difícil no saber nada. No es posible que no se acuerde de absolutamente nada, porque no es su primera transmisión y por su pasado de deportista.
Hay deportes a los que mucha gente sólo presta atención cada cuatro años, y es lógico que haya que explicar: uno no tiene por qué acordarse los pormenores, es fácil confundir las especificidades de cada uno. No es necesario tener una Doña Rosa en vivo para eso. Y, encima, una Doña Rosa falsa, porque a veces a Jaite se le escapaban datos que sí tenía. En alguna de esas ocasiones Bonadeo le respondió que “a quién le importa”.
Del mismo modo, trataba de amenizar con chistes internos, o eligiendo favoritos entre los participantes de alguna prueba, para poner un toque descontracturado a la transmisión. Nada de eso es mejor que el silencio.
Personajes como el de Jaite pululan en los medios de comunicación. Gente que está ahí, con un micrófono, que opina sin saber nada y cuya presencia no sólo no aporta nada, sino que ocupa el lugar de alguien que podría dar genuinamente lo que ellos no dan.
Me ha dado por sustantivizar jaite para referirme a este tipo de personajes. Podemos definirlo como “persona que habla en medios sin aportar nada”. Es útil darle nombre natural a algo tan extendido.
Algunas radios están pobladas íntegramente por jaites. En la televisión hay programas de panelistas que son su hogar natural. Se han extendido a esos shows de streaming que no hacen más que recrear los defectos de los medios que quieren reemplazar.
¿Por qué me la agarro con Jaite como ejemplo de un jaite? Justamente porque elige ser eso. Hay jaites que lo son porque es lo único que pueden hacer, gente que genuinamente no sabe nada y ha hecho carrera con eso. Jaite en particular tiene con qué no ser un jaite, sin embargo ha logrado que uno se exaspere ante cada intervención suya, y con ellas que su nombre nos inspire una puteada. Es Jaite el que, sin necesidad, se convirtió en un jaite.
Cállense alguna vez
Pero no estábamos condenados necesariamente a escuchar a Jaite. También teníamos la cobertura del canal de deportes Claro proveniente de México. Esta cobertura era mucho más completa, porque nos dio acceso a transmisiones íntegras de distintos deportes vía youtube, y también una web con los feeds de lo que pasaba en vivo, aunque eligieran no transmitirlo en castellano.
Me acordé muchas veces del Chavo escuchando un partido de fútbol por radio sin volumen, y explicando que era porque “el relator me cae gordo y le quité el sonido”. No necesitaba escuchar relatores mexicanos para sentirme identificado, pero su presencia le dio otra dimensión.
Me molestó durante todos estos días la impostación de un chauvinismo regional que nadie necesita (“toda Latinoamérica pendiente de esta corredora de Honduras”). Pero lo que más me molestó fue que no se callaban un segundo.
Traían a la televisión el formato radial. No sé cómo se puede hacer para gritar durante una prueba entera de natación de 1500 metros. A veces tenían algo para decir de lo que pasaba, otras veces usaban frases genéricas. Y lo hacían tratando de transmitir emoción.
Es un error común en las transmisiones deportivas pensar que la emoción depende del relator y no de lo que está pasando en pantalla. Y ese error no es inevitable: los deportes que no eran importantes para ellos, como el waterpolo, iban con un relato en inglés cuya procedencia desconozco, y que se limitaba a informar.
Estos anglosajones no estaban exentos de decir alguna boludez, pero podíamos sentir los ruidos de los estadios. A veces, en lugar de vender emoción, reaccionaban a lo que estaba pasando y dejaban sentir lo que ellos sentían. Es muy distinto cuando la situación lo amerita que siempre.
La cobertura mexicana tenía algunas virtudes. Los relatores estaban acompañados por gente que estaba informada de los deportes que transmitían. Había gente que sabía de arquería, de natación, de gimnasia. No había jaites entre ellos. Pero todos tenían la compulsión cansadora de llenar cualquier silencio, al punto que, si transmitía lo mismo, prefería a Bonadeo con su jaite, que por lo menos dejaban respirar.
Transmitamos desde el presente
Los juegos olímpicos son acontecimientos que ameritan un despliegue único de transmisiones simultáneas. Ver todo es imposible, y si uno está en la ciudad y quiere presenciar alguna competencia, necesariamente se pierde muchas otras.
Las transmisiones, que claramente se generan en un único lugar, siempre tienen altísimo nivel técnico y de información. Es una lástima que la experiencia de verlas sea tan cavernícola.
En estos juegos me manejé con tres chromecasts. En uno tenía a Bonadeo permanentemente, y a los otros dos enviaba transmisiones de Claro. De esta manera podía elegir dos deportes para ver cuando quisiera, y podía alternar con Bonadeo por si pasaba algo distinto (o lo mismo).
Tenía, además, a la notebook abierta con los otros feeds, los que no iban por youtube, que no se llevaban muy bien con el chromecast. Así pude ver, por ejemplo, la final completa de salto con garrocha masculino, que fue de lo mejor de los juegos y ninguno de los principales se dignó a pasar ininterrumpida.
Todo el tiempo lamenté no tener una forma moderna de poder disfrutar los juegos. Creo que a esta altura es perfectamente factible tener una aplicación que permita:
Elegir el feed que uno quiere, de todos los generados en origen.
Ver competencias que ya se hayan hecho, o retroceder en las que son en vivo.
Transmitir a la tele (o vía una aplicación en la tele misma) cualquiera de los feeds.
Elección de idioma de comentarios, o sonido ambiente.
Posibilidad de picture in picture o pantalla dividida entre varios feeds simultáneos, con elección de cuántos y cuál queremos que tenga audio.
Actualización simultánea de resultados, como en la app oficial, con la opción de respetar el lag que pueda tener nuestra recepción.
Creo que no es mucho pedir que pueda existir un pack olímpico que incluya todo esto a un módico precio para los próximos juegos, que se hacen en la ciudad madre del entretenimiento audiovisual.
Pero dudo que suceda. Este año las opciones fueron idénticas a las de los juegos pasados. Del lado nuestro no se innovó en nada. Y es por una cuestión de derechos. La exclusividad no da incentivos para presentar opciones. Espero que la organización esté a la altura de la tecnología disponible y exija, para estar a la altura de su producto, la implementación de algo por el estilo.
Cuándo jugamos nosotros
Me deprime la cantidad de gente que, al mencionar los juegos, me preguntó por Argentina. “¿Hoy jugamos a algo?”. “¿Qué medalla podemos ganar todavía?”. Muchos se suben a la idea de que lo más importante es el equipo propio, no interesa si es en algún deporte que nunca nos importó en la vida.
Y si bien es lindo ver a los compatriotas competir, e incluso ganar, los juegos son mucho más que eso. El espíritu es diverso y universalista. Estamos viendo a los mejores atletas del mundo, y por definición va a haber muchos que no sean del país de uno. Es triste que por priorizar a los nuestros no nos importen los mejores.
Si bien hay una parte genuina de desear el bien a la gente cercana, también hay un bilardismo implícito, de que lo único que importa es que ganen los nuestros. Cada vez entiendo menos esta postura. Si me importan las competencias, quiero ver a los mejores, y si me importan los míos, quiero que los míos sean los mejores.
Esa es la gracia de los podios, de premiar no sólo al primero sino a los tres primeros (en algún lado hay que cortar). Me encanta ver a los atletas que dan todo para ganar y celebran extasiados el tercer puesto, con su familia, su entrenador, su bandera, y después hay un podio con tres personas (o equipos) todos felices.
Toda la gracia de los juegos es la diversidad en la competencia, la camaradería de los que compiten de igual a igual y tratan de ganar. En esa final de salto con garrocha, el que ya había ganado recibió el aliento de los que acababan de perder para que intentara batir su propio record mundial. Previo al último intento, la competencia se interrumpió por una ceremonia de premiación. Todos se pusieron de pie para escuchar con respeto el himno de los que habían ganado en otra disciplina.
No está mal que gente de cualquier país quiera ver a los propios. Es una elección perfectamente razonable. Pero si esa es su única prioridad, no saben cuántas cosas lindas se pierden.
Juegos de sustentabilidad
La organización de estos juegos se vanaglorió de cosas como las diversidades innecesarias, de las que hablamos hace un par de entregas, y también de la sustentabilidad. En los años previos siempre informaban sobre la huella de carbono y otras bondades que hacen a que los juegos no impacten el medio ambiente, o lo hagan lo menos posible.
Macanudo. Pero resulta que algunas implementaciones resultaron problemáticas. Ha habido noticias de que en la villa olímpica la comida de los atletas tenía escasas proteínas, para no afectar el medio ambiente con metanos bovinos. Algunas delegaciones han tenido que llevarse su propia comida, aunque sospecho que lo deben hacer siempre.
Del mismo modo, surgieron reportes sobre que en la misma villa hacían dormir a los atletas en camas sustentables hechas de cartón. Y que hubo delegaciones que lo primero que hicieron fue ir a comprar camas de verdad para poder descansar bien.
No ahondé en ninguna de estas dos noticias. Entiendo que son ciertas, podrían ser falsas. No hace diferencia, porque el fenómeno que se describe es muy común.
El concepto es simple. Si hacemos una cama sustentable y resulta que la gente la termina cambiando por una cama tradicional contaminante, no hicimos una cama sustentable. No cumple el propósito de reemplazar a las anteriores. No sólo no es mejor, ni siquiera es aceptable. Y es perjudicial también porque uno termina desconfiando de las camas sustentables.
Me pasa con el reciclaje. Estoy muy a favor de reciclar lo que se pueda, es un concepto bueno y decente sin necesidad de que haya ninguna crisis ambiental. Tratemos de no derrochar, de volver a usar lo posible, de pensar si vale la pena usar determinados envases o elementos una sola vez. Es todo maravilloso.
El problema es el siguiente. No me considero un opa. Muchas veces me elogian la inteligencia, por más que no siempre me parezca para tanto. Soy capaz de entender cosas. Pero encuentro complicadísimo saber qué reciclar y qué no.
En un tacho van los residuos orgánicos, en otro los cartones siempre que estén limpios sin restos de comida, en otro los metales, en otro las pilas, en otro los líquidos. El tema es que al momento de tirar algo, me suele pasar que lo puedo aplicar a varias categorías, o que no encaja bien en ninguna (que es más o menos lo mismo). Entonces tiro en el tacho que mejor me parezca, confiando en que inevitablemente alguien se tendrá que tomar la molestia de clasificar por si hice mal.
Puedo hacer el esfuerzo de averiguar bien. Pero, como soy capaz de entender cosas, me doy cuenta de que no es escalable. Los errores se multiplican. Si intentando hacerlo bien no lo entiendo, mucha gente se va a equivocar, más allá de quienes ni lo intentan. Entonces los tachos van confluyendo, y termina siendo lo mismo que antes, pero nos sentimos bien porque ayudamos al medio ambiente.
Muchas de estas cosas tienen más efecto en hacernos sentir bien que en realmente dejar de ser un problema ambiental. Creo que no es cuestión de dejar de preocuparse por el impacto de las actividades humanas, sino que hay que pensar más en la conducta humana, en qué es razonable esperar de la gente y qué no.
Creo que mucha gente quiere ser buena. Hay que ayudarla sin demagogia, con conceptos suficientemente simples como para que estén al alcance de cualquiera, y suficientemente estudiados como para que puedan ser sostenibles no para el medio ambiente, sino para sí mismos.


