Los argentinos somos distintos
Porque no hay nadie igual
No sé ustedes, pero a mí no me gusta hacerme mala sangre.
Hace tres años, estuve unos días en Mar del Plata. No era verano, meterse en el mar no era prudente, pero sí caminar por la playa, por la ciudad, disfrutar de la maravillosa panificación marplatense. Fue un viaje que me sacó de la rutina y me limpió la cabeza. Volví mucho más enfocado.
Fuimos a un hotel con vista al mar. Resultó que también se veía el mar desde el baño. Y entonces vi el absurdo. Me encontré con que, en vez del mar, miraba el teléfono, y me hacía mala sangre por lo que veía en twitter.
Desde entonces me ocupé de reducir mi dosaje. Lo conseguí. Y mi vida mejoró. No necesitaba seguir con micrómetro la conversación nacional. Hice un esfuerzo para llenar la cabeza de cosas lindas. Sigo tratando, no siempre lo consigo. Mi mirada general es optimista, entre otras cosas porque no me parece gastar energía en ser pesimista.
Algo parecido me pasó con el fútbol hace unos cuantos años. Siempre tuve períodos de más y menos atención. En 2010 culminaba uno de los más largos de interés. No sólo seguía lo que pasaba, también escribía en una web sobre fútbol muy leída. Pero iba notando una fatiga. Un día dejé de participar en los comentarios, eso me dio vida. Mis notas se iban volviendo cada vez más abstractas.
Hasta que llegó el mundial de Sudáfrica. Lo miré con atención, escribí al respecto, recuerdo una nota donde evalué en detalle qué camiseta se debía usar en el partido de Argentina contra Alemania, de acuerdo a los antecedentes. Ese año dominaban las cábalas, donde todos trataban de hacer paralelos con 1986 (por ejemplo, en ambos años una película local ganó el Oscar, eso sin duda era un indicio de que Argentina iba a ser campeón). Así que escribí sobre la camiseta con mejores antecedentes, y metí en el último párrafo lo único importante: Argentina venía jugando como el culo y si le quería ganar a Alemania valía la pena intentar pasarle la pelota a los de la misma camiseta, la que fuera.
Ese mundial funcionó como una sobredosis. Me acuerdo que miré la final, una vez que terminó vi la repetición de los goles, apagué el televisor y, sin decidirlo, desconecté y no volví a mirar fútbol por varios años. Mientras tanto, seguía escribiendo en esa web y ya mis intervenciones habían entrado en el terreno de la ficción. Algunas de las mejores cosas que publiqué ahí fueron en ese período que no podía durar, así que a fin de año me despedí.
¿A qué viene todo esto? A que en este mundial volví a prestar atención a twitter. ¿A ustedes les parece? Pasa en un contexto en el que tengo cosas que promover (¿sabían que lancé un podcast?) y, la verdad, hay gente interesante que extraño. El problema es que la atmósfera general es veneno.
Desde la epifanía marplatense me limité a entrar a algunos perfiles selectos para ver en qué andaban, y no suelo escribir más que para promover algo que está en otro lado. Lo sigo haciendo así, pero noto que entro con más frecuencia. Y otra vez me hago mala sangre.
Twitter siempre fue caótico, es su naturaleza, siempre hubo competencia de ideas, siempre hubo gente que para llamar la atención decía cosas contundentes. En la sociedad en general pasa lo mismo. Pero desde que el supergenio de los autos eléctricos compró con petrodólares la plataforma, los incentivos se han vuelto extra tóxicos.
Resulta que uno puede pagar para tener más visibilidad. Si uno paga, no sólo el algoritmo favorece lo que uno tuitea por sobre lo demás, sino que sus respuestas salen más arriba. Por otro lado, hay un programa de monetización que hace que, si lo que uno tuitea se vuelve muy visible, le entre plata.
Eso solo ya es un problema, una cancha inclinada llena de gente que quiere llamar la atención para hacer unos mangos. Pero hay otro tema. El algoritmo que decide lo que ve la gente que no lo desactivó, que es la gran mayoría, está explícitamente sesgado hacia lo que el dueño le parece que tiene que aparecer, desde el punto de vista de que si algo dice lo que uno piensa, no es sesgado. No es una deducción, lo ha dicho y se nota. Un efecto de esto es que se ha ido mucha gente, aunque los argentinos mayormente se han quedado.
El resultado es que las conversaciones en twitter abundan en extremismos varios, y mientras más escandaloso lo que uno diga, más visible se vuelve y más lo premia la plataforma. Entonces las posturas energúmenas son las que más se ven, y eso envuelve también a la gente macanuda.

Ya de por sí, muy poca de la gente que habla sobre fútbol está interesada en ese deporte. Basta ver (no lo recomiendo) los programas de los canales de deportes: casi nunca hablan de fútbol, se ocupan mayormente de debatir sobre lo que dijo alguien. Si hablan sobre lo que ocurre dentro de la cancha casi nunca es sobre el juego, es discutir decisiones del árbitro o mirar la reacción de los entrenadores. Y si se sostienen así desde hace años y años, es porque no ven que eso les reduzca el rating.
Cuando se trata de selecciones es peor. Se da paso a las más delirantes teorías conspirativas. Una de ellas es la idea de que, de alguna forma, el sionismo favorece a la selección Argentina, porque al sionismo le interesa el resultado de un mundial, y eso hizo que el combinado rioplatense diera vuelta el partido contra Egipto en los últimos quince minutos.
En este boletín sabemos muy bien que el mundial no está arreglado, y además tenemos mejores cosas que hacer, así que no me voy a detener en examinar semejante cosa. Sólo quiero notar que los que dicen eso, y muchos de los que responden a eso, están dando sus propias batallas culturales, y el algoritmo es muy favorable a esas batallas, le gusta que nos enganchemos en esas cosas.
Sí quiero detenerme en otro aspecto que vi bastante, y que excede a twitter: la idea de que la gente de una nacionalidad tiene determinado carácter. La idea de que hay un “ser nacional” (whatever that means), una forma común que nos abarca a todos.
Se lo ve, por ejemplo, en los candidatos que van con el mate a todas partes (me refiero a la infusión, no a la cabeza). Quieren que los veamos como gente “de pueblo”, igual a nosotros, que todos tomamos mate. Este régimen yerbonormativo se impone cada vez más entre los asesores de imagen, y eso lo hace tendencia entre sus asesorados.
Les cuento algo: uno no es menos argentino por no tomar mate, o no mirar fútbol, o no comer empanadas, o no escuchar a Gardel. Lo que compartimos todos o casi todos es que conocemos esas cosas, las experimentamos aunque no las hagamos personalmente, porque forman parte de la cultura.
Por ejemplo, Borges no quería saber nada con el fútbol ni con el mundial del ’78, pero cuando quiso hacer un comentario en detrimento del triunfalismo imperante estaba lo suficientemente informado como para saber que a uno de los jugadores lo habían traído de Europa.
Podemos entender aunque no participemos, porque estamos inmersos en una cultura. Pero estar inmersos no hace que nos asimilemos a todos los aspectos de una cultura. Podemos ejercer algunos, todos o ninguno. Y el que elige ninguno es igual de argentino que cualquier otro.
Porque somos individuos. No estamos destinados a hacer lo que la sociedad espera de nosotros si no queremos. Yo también tengo una postura extremista: las nacionalidades no existen, son vicios de la burocracia.
Lo que sí existen son las culturas. Claro que sus fronteras son difusas. Trascienden países y continentes. Podemos sentirnos hermanos de ingleses, australianos, uruguayos, nicaragüenses, japoneses, porque lo que importa es la conexión entre individuos.
¿Pero cómo podemos sentirnos hermanos de ingleses si tuvimos una guerra contra ellos? Mi respuesta es qué tiene que ver. Las guerras no son decisiones individuales, son decisiones de gobernantes, sobre todo de aquellos que quieren imponer la idea de que hay una sola forma de ser de su nacionalidad.
Por otro lado, cuando juegan Argentina-Inglaterra, que es lo peor que puede pasar en un mundial, siempre salen los que agitan malvinerismo. No hay que darles cabida. No hace falta ser adulto ni sofisticado para darse cuenta de que mezclar eso con cuestiones futbolísticas es de imbéciles, y después de la guerra es además una falta de respeto a los que arriesgaron o entregaron su vida.
En mi caso, no voy a privarme de los placeres de la cultura inglesa porque un presidente ilegítimo tomó la decisión ridícula de ir a una guerra contra el ejército de ese país, ni tampoco porque el gobierno de ese país ocupó unas islas hace doscientos años. Aquellos que sí quieran privarse, por mí que sean felices, pero basta de pararse en un banquito para proclamar que eso los hace más o mejores argentinos.
En general las posturas que la gente usa para decir que es muy de una nacionalidad son siempre estereotipos. Los hay positivos y negativos, estos últimos durante el mundial se hacen muy visibles, son muy notorios en twitter. La gente se engancha y contesta, a veces con enojo, a veces como chicanas para divertirse, en distintos puntos de la escala del consumo irónico.
Los países son distintos, las culturas también, puede predominar cierto carácter en una población. Todos tienen virtudes y defectos, y nunca son exactamente como lo marcan los estereotipos. Estoy seguro de que hay ingleses que cocinan sabroso, alemanes débiles, japoneses ineficientes, norcoreanos no creyentes y mexicanos que entienden de fútbol. Pero no nos ayudan a generalizar.
Las generalizaciones son una herramienta muy eficaz para las batallas culturales que mucha gente está interesada en dar. Y a esos guerreros de la dialéctica no les importa lo que es cierto, sino lo que puede prender. Por eso el ecosistema de twitter es perfecto para ellos: no les importa si vuelven tóxico todo lo que tocan.
Durante el mundial van por el lado del fútbol, que es a lo que se le presta atención en ese momento. La clave no es decir cosas ciertas, sino imponer los términos de la conversación. Todavía nos reímos de los que salieron durante el mundial pasado a quejarse de que en la selección argentina no había negros. Hoy siguen diciendo cosas similares, que los argentinos son racistas y estupideces por el estilo.
La gente que buscaba negros en la selección argentina no actúa en forma honesta. No se molestan en informarse de cómo son las cosas en otros países, a pesar de venderse como respetuosos de la diversidad cultural. Ni siquiera están interesados en el bienestar o no de los negros, ni los orígenes de los problemas (se enfocaban en eso durante un mundial que se jugaba en estadios construidos por esclavos). Sólo les interesa su propio discurso, y probablemente el aplauso de sus pares.
Implantan esas cosas en todo lo que puedan, tratan de subirse a cualquier cosa más o menos popular. Hay una gente que le está buscando un negro a los Beatles, e inventaron que le deben su carrera a uno oculto. El otro día Mark Lewisohn, hinchado las bolas de esas cosas, publicó un video donde intenta cortar de raíz esos rumores. Es difícil cuando no se trata de lo verdadero, sino de imponer discursos.
Entonces, uno entra a twitter y ve que al mismo tiempo que los sionistas dominan el mundo, los musulmanes ocupan todo y no se puede salir a la calle en Londres sin que te sodomice un pakistaní que cree que sos una cabra.
Hay una sintonía, una camaradería entre los guerreros culturales. Aunque vendan cosas opuestas, se reconocen como colegas. Y la gente que quiere vivir en paz y divertirse termina arrastrada, a veces sin darse cuenta, al fango que les es cómodo a ellos.
Por eso me parece que siempre hay que tener en cuenta la individualidad. Cuando nos relacionamos con una persona es difícil que encaje en todos los estereotipos. De cerca nadie es normal. Podemos asumir cosas por su nacionalidad o sus características, pero tenemos que estar preparados para que la realidad sea distinta de lo que suponemos.
Qué sé yo, tal vez tiene que ver con mi origen. Vengo de una familia italiana por un lado, y árabe y judía por el otro. Si árabes y judíos no fueran capaces de convivir, yo no existiría. Lo lindo que tienen los países de inmigración reciente, como Argentina, es que la gente se mezcla, se genera algo nuevo a partir de lo que había.
Es, entonces, más fácil ver que ser de un país es un accidente. No somos “puros”, no podemos serlo, y tampoco queremos: sabemos que la diversidad que llevamos con nosotros es una de las características más importantes de nuestra cultura. Por eso, a pesar de la tentación del atajo, es absurdo reducirnos a estereotipos.
Prefiero valorar a las personas por lo que hacen, más que por quiénes fueron sus padres o abuelos. La identidad no es nuestro origen, sino algo que construimos hacia adelante. Es lo que nos hace únicos, a cada uno de nosotros. Por qué querríamos pensar que somos menos.
Noticias de otros proyectos:
El jueves pasado en el podcast exploramos el número de El Gráfico posterior al Argentina-Inglaterra de 1966. Hay muchas cosas muy interesantes. Sólo una de ellas es ver la diferencia entre cómo encaraba Argentina estos acontecimientos en ese momento.
Para este jueves tenía preparada una Radiolandia que cubría al mismo tiempo la visita del Papa, el final de la guerra de las Malvinas y el inicio del mundial de España. Pero al ver venir el Argentina-Inglaterra lo dejé para otro momento. Así que saldrá una deliciosa Para Ti de los ‘70 que también tiene un sorprendente surtido de puntas para explorar.



