The Real Buzz
El secreto de Aldrin
Buzz Aldrin es el mejor nombre para un astronauta. Es una gran cosa que alguien con ese nombre haya formado parte del primer aterrizaje en la luna, porque lo hizo famoso. Aunque Neil Armstrong, también un gran nombre, es más famoso, Aldrin se ganó a su lado más fama que el resto de los que caminaron en la luna. Ellos dos son los únicos que es esperable que cualquiera pueda nombrar.
Ambos eran astronautas porque formaban parte del programa espacial americano. De haber sido rusos, se los llamaría cosmonautas. Es muy extraño que no haya una palabra común para designar a alguien que va al espacio. Hay una que debería usarse: Aldrin. La Estación Espacial Internacional suele estar tripulada por seis aldrins. Yuri Gagarin fue el primer aldrin. Neil Armstrong fue el primer aldrin en pisar la luna. El mes que viene, después de más de cincuenta años, está previsto enviar a cuatro aldrins a las cercanías de la luna.
Sin embargo, esto no captura la imaginación de la población mundial como hizo el Apolo 11. Faltan menos de dos semanas para la fecha de lanzamiento prevista, el cohete está en la plataforma, y casi nadie habla de eso. Sólo le importa a los que prestan atención a los quehaceres espaciales.
No fue así la primera vez. Los tres tripulantes del Apolo 11 sabían que serían considerados héroes el resto de sus vidas. Cada uno lo llevó en forma distinta. Neil Armstrong cultivó un perfil bajo. Se dedicó a la docencia, dio pocas entrevistas y prestó su credibilidad a los paneles de investigación de distintos accidentes. Michael Collins fue funcionario del Departamento de Estado, y más tarde le dio forma inicial al edificio del museo del Aire y el Espacio. También fue miembro destacado de la National Geographic.
Buzz Aldrin, en cambio, entró en una depresión severa, que requirió varias internaciones. Recién la pudo superar luego de cumplir 90, cuando resolvió una asignatura que, sin saberlo, había tenido pendiente toda la vida. En el medio, la depresión le costó tres matrimonios. En 1974 se divorció de Joan, la madre de sus hijos, que lo había acompañado en toda su carrera en la NASA.
No había sido fácil obtener esa carrera. La agencia, que estaba creando la profesión de astronauta y no sabía con qué se encontrarían quienes viajaran al espacio, si era posible, puso requisitos muy exigentes, para asegurarse de que los elegidos estuvieran todo lo preparados que fuera posible para cualquier desafío. Estos requisitos dejaban a fuera a muchas personas que más tarde habrían calificado.
Por ejemplo, no estaba prohibido que hubiera mujeres entre los astronautas. Pero tampoco iban a forzar su entrada. Uno de los requisitos de los primeros grupos de astronautas era tener experiencia como piloto de pruebas. Esto excluía automáticamente de la consideración a cualquier mujer.
El mismo requisito excluía también a Aldrin. Se presentó, sin embargo, al segundo llamado, porque confió en convencer a los mandos de que tenía con qué. Además de una respetable carrera en la fuerza aérea con suficiente experiencia de vuelo, se destacaba por su tesis de posgrado en el MIT sobre maniobras orbitales. Le pareció que ameritaba que hicieran una excepción, pero las autoridades de la NASA no se la otorgaron. Recién fue aceptado en el tercer concurso, cuando las exigencias iniciales fueron relajadas un poco.
Tardó más de tres años en salir al espacio. Es común en la profesión, y lo que cabía esperar para los integrantes del tercer grupo. Estar en el espacio es excepcional para un astronauta. Su trabajo cotidiano consiste en entrenamientos de todo tipo, chequeos médicos regulares y también asumir compromisos de relaciones públicas. Aunque tengan el temperamento adecuado para volar, esa vida los va moldeando para aceptar desafíos, entender riesgos y adaptarse a circunstancias. Que, de cualquier manera, son características necesarias en los vuelos espaciales.
Los astronautas del segundo grupo, con un año más de entrenamiento, iban a tener lugares de privilegio en el proyecto Gemini, en el que se desarrollarían las grandes técnicas necesarias para los vuelos lunares previstos para el programa siguiente, Apolo. Los de la tercera tanda podían aspirar, si tenían suerte, a ser pilotos, no comandantes, de las últimas de esas misiones de dos personas.
Cada uno lo tomaba de distintas maneras. Aldrin, además de sus conocimientos teóricos, se destacaba por ser bastante espiritual para un astronauta. No se limitaba a las cuestiones técnicas, sino que se concentraba también en las implicancias mayores que los objetivos del programa podían tener para la humanidad.
En 1966 Aldrin fue designado piloto del Gemini 12, el último vuelo de ese programa, y realizó la caminata espacial más exitosa hasta ese momento. Los que lo habían intentado hasta entonces habían tenido problemas de movilidad y también de fatiga. Aldrin aprovechó la experiencia acumulada, probó diferentes técnicas y hardware de soporte, y logró trabajar varias horas fuera de la nave sin quedar exhausto. Fue el primero en demostrar que la “actividad extra vehicular” era no sólo posible, sino viable.
Esta performance le abrió las puertas para volar en alguna misión de Apolo. Inicialmente fue designado como reemplazo para el Apolo 9, y como la rotación habitual indicaba que los reemplazos pasaban a ser titulares tres vuelos después, significaba que si todo salía bien podía aspirar a un lugar en el Apolo 12. Pero después de una serie de enroques el Apolo 9 se convirtió en 8, y su tripulación suplente pasó a ser la principal del primer intento de aterrizar en la luna.
Aldrin no se sentía en su lugar. En los años de entrenamiento previo, con el antecedente de su tesis, se había especializado en la navegación. Michael Collins, en tanto, era el astronauta especializado en trajes para usarse fuera de los vehículos. Sin embargo, en la tripulación Collins era el que navegaba y Aldrin el que salía de la cápsula. Era extraño, pero no descolocado. Todos los astronautas eran capaces, y ciertamente él había mostrado destreza para caminar en el espacio. No se iba a quejar, sobre todo cuando tenía la ventaja de que iba a ser una de las dos primeras personas en caminar en la luna.
En los meses anteriores al despegue, Aldrin estaba intranquilo. Se obsesionó con la idea de que él o Armstrong iba a ser el primer hombre en pisar la luna. Los demás se comportaban como si no fuera algo importante, pero él sabía que no era así. A pesar de que no era el comandante, Aldrin tenía motivos para pensar que podía ser él. Después de todo, en Gemini el comandante se quedaba dentro de la cápsula mientras el piloto salía a hacer las caminatas.
Después de un tiempo de ansiedad, Aldrin pidió a las autoridades que determinaran el orden de salida. La elección de Armstrong fue explicada por una razón técnica: la escotilla estaba de su lado, iba a ser imposible maniobrar para que saliera el otro en el minúsculo espacio del módulo lunar, con todo el equipamiento de supervivencia puesto.
Lo que omitieron mencionar es que, si querían, las autoridades podían determinar que cambiaran de lugar antes de ponerse todos esos equipos. Era, entonces, una excusa: los capos de la NASA que decidían estas cosas tenían muy bien conceptuado a Armstrong, les parecía que tenía el temperamento adecuado para sobrellevar lo que vendría después de caminar en la luna. Aldrin se tendría que conformar con ser segundo.
No se es astronauta si no se tiene la tenacidad para enfrentar situaciones muy difíciles. Sin embargo, para Aldrin fue un golpe duro. Aunque aceptó la decisión sin discutir, internamente le costaba digerirlo, y en las largas sesiones de entrenamiento en simuladores hubo momentos de tensión, en los que expresó con dureza desacuerdos con decisiones menores que tomaba el comandante Armstrong. Los tres tripulantes tuvieron que esforzarse para armonizar la convivencia. Lo lograron, y llevaron a cabo la misión en forma profesional. Fue la última aventura en el espacio para los tres, porque cómo iban a superar eso.
Cuando el módulo lunar había aterrizado, antes de que Armstrong saliera, en un momento tranquilo Aldrin tomó el micrófono, pidió al mundo que cada persona agradeciera de la manera que le pareciera. Él, por su parte, realizó el ritual católico de comunión en la luna. Lo hizo en privado, porque la NASA tenía cuidado con las expresiones religiosas, y sólo lo divulgó años después.
Finalmente ocurrió el momento en el que Armstrong pisó la luna y dijo sus palabras sobre el pequeño paso. Minutos después Aldrin siguió esos pasos, y al bajar se expresó sobre la “magnífica desolación”. La caminata duró un par de horas. Luego emprendieron el regreso a un mundo que siempre vería a los tres astronautas como héroes, y a Aldrin como el número dos.
Después de todos los actos y desfiles, los astronautas, por primera vez en casi diez años, se enfrentaron a la vida sin las presiones de la NASA, pero con la carga de estar entre las personas más conocidas y admiradas por toda la humanidad.
A pesar de los logros extraordinarios, Aldrin estaba descontento. Collins hizo pública su opinión de que nunca se había recuperado de ser el segundo. Sin rumbo, trató de hacer distintas actividades. Trabajó en una base de la fuerza aérea, pero no se llevó bien con sus superiores.
Vivió muchos años con depresión. Alternó internaciones con períodos de alcoholismo. Escribió sus memorias. Su terapeuta le aconsejó mantenerse activo, y entre otras cosas trabajó sin éxito vendiendo autos usados.
Para afuera, decía no tener problema con no ser el primer hombre en la luna, pero pocos le creían. Aldrin envidió a los astronautas de las misiones siguientes, que pudieron caminar sobre la superficie sin tener que cargar luego con las presiones de la fama.
Poco después de su divorcio, intentó llevar algo de estabilidad a su vida. A fines de 1975 se casó con Beverly, pero en medio de la lucha contra el alcoholismo, el matrimonio no duró más de tres años. Aldrin quedó soltero por la siguiente década.
En 1988 decidió que el nombre Edwin no lo representaba. Todos lo llamaban Buzz, y decidió que ése fuera también su nombre legal. En el mismo año se casó con Lois, en el que fue su matrimonio más duradero, aunque igual terminó en divorcio.
En un momento decidió que no era un problema explotar su fama. Al igual que tenía costos, podía tener beneficios. Apareció seguido en la prensa, como entrevistado y también ocasionalmente como actor. Aun hoy monetiza su fama todo lo posible y vende objetos conmemorativos del Apolo 11, autografiados por él.
El descontento siempre estaba subyacente. Con el correr de las décadas, después de cientos de homenajes de toda índole, Aldrin seguía sin poder aceptar del todo el no haber sido el primer hombre en la luna. Lo hacía ver con chistes, que siempre apuntaban a que había algo más profundo.
El problema era que no se podía hacer nada. Resolver lo que le molestaba requería cambiar el pasado. Durante sus décadas de terapia lo asumió, pero eso no resolvía su angustia. Tenía un problema único en el mundo, que no necesariamente se podía arreglar con terapia. Su misión post-Apolo era aprender a vivir con eso. No siempre lo lograba.
Hasta que un día, a los noventa y seis años, se habilitó la posibilidad de pensar que lo que lo había molestado durante casi toda su vida no era necesariamente su orden de llegada a la superficie. Tal vez podía haber algo subyacente, eclipsado por la luna.
Encaró en esos términos una introspección. Repasó su vida, las presiones que siempre recibió, su formación religiosa, los ámbitos militares en los que se desenvolvió, los compromisos que siempre tuvo que hacer para lograr sus objetivos. Todo eso había forjado su personalidad. Muchas veces había tenido que suprimir sentimientos, como el miedo, para poder dar un paso más en su carrera. Es lo que se espera de un hombre como él. Es lo que se espera de un hombre.
Y ahí Aldrin, con la ayuda de su terapeuta, pensó que si había hecho todo lo que se esperaba de un hombre y no era feliz, tal vez algo fallaba en los cálculos. Empezó a verse a sí mismo de otra manera. Pensó que tal vez no era lo que siempre creyó ser. Algunas cosas tenían más sentido si él no era un hombre. Tal vez era una mujer.
No es que pensaba convertirse en mujer. Es que, sin saberlo, siempre lo había sido. Había aceptado la asignación de género que se le hizo al nacer en base a su cuerpo, y recién nueve décadas después se le ocurrió cuestionarla. Por momentos le parecía absurdo, pero una vez que el pensamiento llegó a la superficie, no se fue. Su voz interior le insistía en la posibilidad, y no tenía más remedio que pensar en ella.
Tuvo que reconstruir muchas presunciones. Siempre había enfocado su descontento en su posición en el mundo y en la historia, pero con énfasis en el detalle equivocado. Era posible que ese hacerse pasar por quien no era lo hubiera llevado a su problema con el alcohol, y a sus tres divorcios.
Pensó que, de haberse asumido como mujer, su vida habría sido radicalmente diferente. No habría tenido la posibilidad de volar en la fuerza aérea ni de ser astronauta, y si quería relacionarse con el programa espacial habría tenido que limitarse a tareas de soporte. Tal como se dio todo, había disfrutado de todas las ventajas de ser hombre, y ahora podía ser que no lo fuera.
Su mente analítica pensó en qué podía pasar si realmente era así. Estudió las implicancias personales y sociales. Se imaginó viviendo como mujer, y se sorprendió al sentirse a gusto. También imaginó que su caso podía ser un ejemplo para otra gente a la que no se le hubiera ocurrido la posibilidad. Y podía servir para ampliar las oportunidades de mucha gente, que si bien eran mayores que las que había en su época, todavía no eran plenas para todos.
Así que además de aceptarlo en su fuero íntimo, decidió anunciarlo. Buzz Aldrin no cambiaba de género, sino que rectificaba una situación que siempre había sido equivocada. No necesitaba cambiar nuevamente su nombre, Buzz no refiere a ningún género. Tampoco necesitaba operarse. El cuerpo masculino no tiene nada que ver con que alguien sea mujer.
El público lo recibió con sorpresa y consternación, pero mucha gente lo aceptó como una gran noticia. Recibió muchos más homenajes que los que ya tenía. Sus productos autografiados se vendieron como nunca.
Buzz Aldrin por fin logró estar en paz. Fue cuando se aceptó a sí misma. Pudo estar contenta con su vida. Y si bien no pudo ser el primer hombre en la luna, hoy tiene la satisfacción de haber sido la primera mujer.


