Vuelta a clases
Consejos desde la experiencia para sobrellevar la escolaridad.
Cuando se acerca marzo todavía me da angustia. Aunque hace décadas que terminé la escuela, me dura el trauma del inicio de clases1. Con ellas se acababa la libertad. Era el inicio de meses de someterme a una estructura que no iba conmigo, que no había elegido y a la que me costaba adaptarme.
No ayuda que empieza el otoño y los días se hacen sensiblemente más cortos. El ambiente se vuelve literalmente más oscuro y frío. Levantarse a la mañana cuando todavía queda un buen rato de noche siempre me fue deprimente.
Sin embargo, hay que ir a la escuela. La educación es importante, y no todo es una porquería. Tampoco hay mucha opción. El sistema escolar está plagado de defectos. Necesita mil reformas, para eso necesita mucho consenso, que nunca hay. La probabilidad es que nos tengamos que adaptar al sistema y no que antes de terminar nuestra escolaridad el sistema cambie.
Así que se me ocurrió registrar algunos consejos de cosas que me habría gustado saber cuando iba a la escuela. De haberlas conocido, la experiencia podría haber sido muy distinta, me podría haber librado de muchas angustias. Y tal vez, mis marzos actuales no tendrían esos resabios de tristeza.
Las notas no importan
Fui un buen alumno y también un alumno mediocre. A medida que pasaban los años mi motivación se disminuía. Tener buenas notas nunca me dio grandes satisfacciones, ni ventajas. La escuela se mueve al ritmo de los mediocres, y si uno se adelanta tendrá problemas.
Muchos docentes no quieren tener alumnos más adelantados que los otros. Les molesta. Los hacen trabajar más. Casi que prefieren a los inútiles. Había materias que me costaban, y en esas muchas veces los profesores me prestaban un poco más de atención. Había otras que tocaban temas que sabía, y los docentes no sabían qué hacer con los dos o tres que estábamos en esa situación. Lo más satisfactorio que encontraron fue darnos cosas para mantenernos ocupados, así no molestábamos.
Usaba esas materias para subir el promedio, pero la verdad es que en el primario y secundario no tiene ningún sentido la nota. Es lo mismo sacarse seis o diez. El asunto es aprobar, despachar cada materia. No nos tienen que interesar todas, hay algunas más interesantes, o más fáciles, otras más tediosas. No existe ningún estímulo para sacarse las mejores notas, y tampoco sacarse diez implica que uno sabe mucho sobre el sujeto de una materia. En general, si después la estudiás en serio, poco tiene que ver con lo que viste en la escuela.
Si te dicen que es difícil, es mentira
Las materias de la escuela son todas fáciles. Todas son perfectamente alcanzables por estudiantes de esa edad, lo que no significa que no puedan ser molestas para aprender. La que tiene más reputación de difícil es matemática. Pero es porque casi siempre está mal dada. La matemática, bien dada, es hermosa, armónica, con ecos en todos lados. Pero los profesores suelen inspirar miedo. Es una lástima.
Pero hoy hay más herramientas que nunca para aprenderlas bien. Si te cuesta una materia, hay que buscar a alguien que la explique bien. No necesariamente con el objetivo escolar. En youtube abunda la gente que conoce sobre un tema y lo explora en profundidad. Muchos de esos, a diferencia de los chatbots, saben de lo que hablan. Pueden convertir a algo que parecía tedioso en un placer.
Usá las faltas
No hay ningún mérito en tener asistencia perfecta. Es cuestión de obrar con responsabilidad. No está bien faltar a exámenes porque sí, o a clases importantes. Pero si un día te jode demasiado ir a la escuela, no es la muerte de nadie no ir. Los temas vistos se pueden averiguar, se puede pedir el apunte de alguien que haya ido o buscar otras formas de saberlos. Muchas veces los temas se repiten varias veces, puede que no perdamos nada.
No sé si sigue habiendo veinticinco faltas disponibles durante el año. Hay que administrarlas, nada más. Llegar a noviembre con un margen de tres o cuatro todavía disponibles. Sobre todo si hay días en los que tenemos algo más interesante que hacer, algo que nos es significativo. La escuela es menos importante que nuestra vida.
No a la doble escolaridad
Hice toda mi primaria en una escuela que en el turno tarde tenía inglés. No era bilingüe, no hacíamos los mismos contenidos, sino que hacíamos clases de inglés. Y si bien agradezco saber ese idioma (es lo mejor que me dio la educación formal) resulta que no es necesario tanto tiempo para aprenderlo.
En séptimo grado hice el curso de ingreso para ir al secundario. Mis padres decidieron que era mucho hacer dos turnos y también el curso. Entonces me sacaron de la tarde y me mandaron a inglés particular un par de veces por semana. Pasaron dos cosas. La primera fue que aprendí lo mismo, mantuve el nivel que tenían mis compañeros que seguían yendo.
La segunda fue que descubrí la tarde. Y al hacerlo, me descubrí a mí mismo. Tuve más tiempo para mí, para explorar las cosas que me interesaban, para pasar tiempo de calidad con gente, para iniciar actividades nuevas. Recuerdo con mucho cariño ese año, y sé que es por no haber ido a la escuela a la tarde.
Después hice los primeros tres años del secundario en una escuela con jornada completa. Se entraba antes de las ocho, para lo que tenía que tomar el colectivo como a las siete, y se salía como a las seis de la tarde, lo que implicaba llegar a casa a las siete, a hacer deberes y estudiar. No es vida. Y llegué a la conclusión de que ningún secundario vale ese sacrificio. Resultó también que el inglés de esa escuela no tenía buen nivel y tuve que volver a hacer particular, lo que me sacó más tiempo todavía.
En cuarto año me cambié a una escuela menos prestigiosa, en la que se salía a la tarde. En mi experiencia, tener tiempo en la adolescencia me permitió encontrarme y reencontrarme con cosas que me gustaban, con lecturas, desarrollar intereses, tener iniciativas. Me dio una libertad que hasta ese momento no había tenido.
Así que a menos que el proyecto que uno tenga requiera una escuela de muchas horas, o que uno se adapte tan bien al sistema que lo disfruta y le hace bien, mi consejo es liberarse turnos y tomar control sobre la educación propia, porque:
La educación es individual
La educación es un proceso personal que dura toda la vida. La educación formal es sólo una parte, no tiene que proveer todo. Si la estructura de la escuela se adapta a nuestras necesidades, genial. Lo más probable es que haya desfasajes. Hay que aprovechar lo que funciona y tratar de que lo que no funciona no nos vuelva locos.
Mientras tanto, es nuestra responsabilidad educarnos. Interesarnos en cosas, profundizar en lo que nos interesa. Eso, y no lo que pase en la escuela, nos hará destacar en algo. Lo que nos interesa puede ser una asignatura de la escuela o no tener nada que ver. El asunto es poder desarrollarnos.
Aprender no es estudiar
Aprender es lo más lindo que hay en el mundo. Se puede hacer estudiando, o no. A veces estudiar es lo contrario. Hay profesores que quieren medir lo que uno estudió y se olvidan de que aprendamos. Los conceptos son más importantes que los detalles. No hay por qué castigar a alguien por decir que la constitución se sancionó en 1852 en vez de 1853 (sí está bien corregirlo). Es más importante saber qué significa la constitución y las circunstancias en las que fue escrita. Si entendemos los conceptos, después los detalles se googlean.
Una materia bien dada es una rareza pero se disfruta muchísimo. Un documental bien narrado también. Una lectura de algo que nos interesa y nos ilumina un tema es un placer mayúsculo. La escuela, en su día a día, se encarga de destruir la capacidad de disfrutar el aprendizaje. Lo convierte en una responsabilidad. Me pasó que tuve que terminar la escuela para volver a adquirir ese gustito. Y me prometí no volver a perderlo.
Aprender a sanatear
Está lleno de profesores, sobre todo en las materias sociales, que no son amigos de la síntesis. Si uno les escribe una hoja en la que repasa con brevedad todo lo pedido en un examen, lo mirarán con desconfianza. Muchos, aunque lo que se dice cumpla lo pedido, bajarán la nota porque no toleran esa virtud.
Mi forma de lidiar con eso era hacer el primer examen de un profesor en forma sintética, es decir darle la oportunidad de ser macanudo. En los pocos casos en los que funcionó, me cayó bien el profesor y la materia. Pero en general me pedían explayarme más.
Tuve que aprender a sanatear. No me sale naturalmente. La gente siempre me dijo que escribía bien, y que tenía capacidad de síntesis, pero inmediatamente agregaban que era un problema. Y eso me enojaba. Pero quería aprobar las materias, así que tuve que ver cómo podía hacer más largos los textos.
Como no me salía naturalmente, lo forzaba. Decía lo mismo con otras palabras. Decía que la cosa era de la forma A, y no era de la forma B, ni C, ni D. Detallaba cosas que no era necesario detallar. O sea, escribía mal a propósito, recibía el premio de una nota buena y perdía el respeto por ese docente para siempre.
Pero ojo: sanatear es una habilidad necesaria en la vida. Los que en la escuela sanatean, que (por necesidad o defecto) son la mayoría, después se desarrollan en cualquier ámbito, y desconfían de los que pueden decir algo en forma sintética. La habilidad para sanatear sirve para lidiar con esa gente, cuando la tenemos en posiciones de poder. Pero a mí me cuesta, porque me parece si procedo así, estoy siendo deshonesto.
Lidiar con meloneadores
En quinto año tuve Educación Cívica. Nunca supe qué pedía el programa, porque el contenido de la materia era “te explico por qué hay que ser comunista”. Mis compañeros conocían al profesor, y era obvio que nadie lo respetaba. Le hacían perder el tiempo. Había uno que la noche anterior se ocupaba de mirar el programa de Grondona para preguntarle por algo que se hubiera hablado ahí. El profesor sabía que le estaban haciendo eso, pero igual pisaba el palito y dedicaba media clase a explicarnos eso en lugar de lo que fuera a explicar. También le pedían explicar clichés de la izquierda, por ejemplo “cómo es eso de que no hay que hacer caridad”, y el profesor cumplía exponiendo cómo eso retrasa el proceso revolucionario.
En esa materia aprendí dos cosas. La primera, como lo que nos calificaban era la opinión, aprendí a redactar mis opiniones de forma tal que sonaran a sus opiniones. Porque no quería decir directamente lo que el tipo pensaba, me parecía una porquería. Y ya sabía que la frase “podés opinar lo que quieras mientras lo sepas justificar” significa “más vale que opines lo mismo que yo”
Lo segundo que aprendí es que, si el profesor quiere melonear, vale la pena hacerle perder todo el tiempo posible. No es tiempo que de otro modo se aprovecharía, y por lo menos nos divertimos haciéndolo hablar al pedo.
Cómo tratar a los bravucones
Hoy se habla del bullying, de cómo está muy mal y todo eso. Tengo malas noticias: los bullies siempre existieron, van a seguir existiendo y existen en todos los ámbitos. Una de las cosas para las que la escuela sirve es aprender a lidiar con gente así.
En mi caso, los maté con la indiferencia. Pero con una indiferencia activa. A los que querían cargarme porque hacía o no hacía alguna cosa, les aplicaba actitud de superioridad, de “por qué querría hacer eso”, “por qué no haría esto”, o “qué me importa lo que te parece a vos”. Me ganaba así el respeto y no me jodían más.
No es la única fórmula. Lo que hay que evitar es tratar de caerles bien, intentar quedar bien con ellos por miedo. Se dan cuenta, lo huelen y te someten. Mejor respetarnos a nosotros mismos, y ya encontrarán otra cosa con la que entretenerse.
Hay materias que son para llevarse
Hoy la mitad de mi biblioteca se ocupa de temas biológicos. Tal vez tenga que ver con que en primer año tuve a Nora Stutman, que era de las buenas. Recuerdo su explicación de las teorías de Lamarck y Darwin, y cómo me hizo caer la ficha de la elegancia sutil de Darwin: no dice “debe pasar esto” sino “propongo este mecanismo”. También recuerdo que nos dijo que el agua era incolora, inodora e insípida y agregó que “yo no estoy de acuerdo, para mí el agua tiene gusto a agua”. Con eso se ganó mi respeto.
El resto del secundario mató mi interés por la biología, que sólo revivió con los años. La materia se convirtió en memorizar enzimas y cosas así, nada que tuviera el menor interés ni que fuera a persistir más allá de un examen. Así que para los últimos años encontré que era más práctico hacer lo mínimo indispensable durante el ciclo lectivo, llevarme la materia a diciembre, estudiarla en un día, darla y sacármela de encima. Hice lo mismo con una o dos otras, que también eran de memorizar porque sí.
Con eso me ahorré un montón de tedio y sufrimiento durante el año. No hay materia de la escuela que no sea posible estudiar en uno o dos días. Sólo puedo imaginarse cómo sería todo si se valorara la síntesis.
Hay profesores de lujo
Más allá de todos los incentivos hacia la mediocridad, hay profesores que se destacan del fardo general. Son aquellos que no sólo saben explicar, sino que transmiten pasión por lo que enseñan. Todas las materias de la escuela tienen más o menos que ver con algo universal. Es posible apasionarse por cualquiera de ellas. Pero en general los profesores, si alguna vez tuvieron esa pasión, no saben pasárnosla a nosotros.
Pero algunos sí. En general son algo excéntricos. Los alumnos los respetan. Tratan de no faltar a sus clases. Muchas veces terminan interesándose por esa materia, tal vez se dedican a ella. Pero no hace falta. Con aprender alcanza.
Cuando esos profesores dan trabajos para hacer, nos esmeramos más. Queremos caerles bien, queremos aplicar lo aprendido. Nos vemos empujados hacia la excelencia, y es una sensación tan rara que se disfruta muchísimo.
Docentes así no abundan. He tenido la fortuna de que me tocaran algunos. Así que debe haber unos cuantos desperdigados por ahí. Cuando nos toca uno de esos, hay que atesorarlo.
Y encima ahora las clases empiezan en febrero.



